Él dice que no es justo. Dice que no debería hacerle dudar de porqué las cosas son tal y como son o hacer que se pregunte si merece la pena. Dice que no es justo que le mire como si mi mundo girase a su alrededor y que haga que le cosquilleen hasta las yemas de los dedos cuando le rozo distraídamente. Dice, incluso, que jamás deberíamos haber tenido esa conversación. Quizás tenga razón. Quizás quede todo en el olvido. Pero las cosas siguen doliendo y la confusión sigue ahí, en mi cabeza. Y como dijo alguien alguna vez: Yo ya sólo sé que no sé nada.
El mundo sigue girando a mí alrededor, ¿no? Como siempre.
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